Esquizo

Es cierto, no deberíamos darle pelota a todo lo que leemos o escuchamos. Sin importar el soporte -llamados a radios y canales de noticias, comentarios en diarios y blogs- nos agarramos cada rabieta con esos gritos histéricos de comentaristas anónimos. Siempre hay algún servidor para el alarido autoritario, para la conspirativa mirada del que todo enreda y nada teje. Claro que hay comentarios elaborados, pero pierden por knock-out contra las hordas del think-tank ciberespacial.
En días de ciudad ahumada esas voces se multiplican, se encrespan, se hacen más furiosas. Supongamos, por un rato, que uno le da pelota a todo lo que lee y escucha. Mas allá de variaciones en el tono, la mayoría de los comentarios tienen un común denominador, que el Estado no se hace cargo… de nada.
Extraña sociedad esquizofrénica, medios y comentaristas, buscan respuestas en ese mismo magma común al que vienen desconstruyendo -con tácita intención los unos, con cómplice silencio los otros- material y simbólicamente en los últimos 30 años.
Imposible solución de continuidad, los pedidos de un Estado presente en lo extraordinario se trenzan y entremezclan con las cotidianas operaciones que tienden a debilitarlo y ausentarlo.
El que pide que se vayan todos es el mismo que aúlla para que vuelvan cuando el humo le hace perder nitidez al plasma. El campeón de la evasión de impuestos es el mismo que reclama compensaciones y subsidios. El que habilita un bar con algunos maravedíes extras para el inspector es el primero en levantar el dedo acusador cuando nos desgarra la tragedia. El que titula que “la política cuesta cara” -hay algunos que hasta ganan elecciones con esa cantinela- es el mismo que se financia desfinanciando la política. Bueno sobran ejemplos pero ustedes entenderán el punto.
La batalla es cultural. La disputa diaria. La realidad angustia. Venimos de 30 años de un Estado idiotizado a fuerza del desguace con la complicidad de quienes lo administraron.
Con las limitaciones del caso, con sus aristas y sus imperfecciones, el kirchnerismo es hoy quien trata de sacudirle la modorra. El Estado, testarudo, demostró en los últimos días -en el último tiempo- ser ese lugar donde las clases disputan, por ejemplo: redistribución de la riqueza material en el conflicto con el campo, redistribución de la riqueza simbólica en la “esperanzadora” promesa de discutir la ley de radiodifusión.
Desde allí surgen algunas coordenadas básicas para saber donde pararse en todo este asunto. También desde allí, y ese era el asunto original de esta cuasi-nota, surgen las rabietas frente a la práctica boba de esa esquizociudadanía mediática. Fomentada, de forma organizada y sistemática en función de intereses específicos, por los mismos que dicen:
“Se trata de un propósito superfluo (la observación del accionar de los medios de comunicación) porque eso es, precisamente, lo que los medios hacen desde siempre depositando en la conciencia pública la confianza de su propia libertad.”








